Hoy he salido de mi casa como muchos otros días y he visto mi ciudad triste y oscura.
La palabra maldita, que costó que saliera a la palestra, la siento en una lejana cercanía.
La palabra maldita, que costó que saliera a la palestra, la siento en una lejana cercanía.
El pueblo está descontento y lo expresa constantemente, las manifestaciones minoritarias están a la orden del día, y la economía envuelve nuestro estado de ánimo, puesto que una generación entera hemos vivido sin sobresaltos y sin saltos sobre nadie.
Hemos jugado a un juego que no queríamos, que no entendíamos, en el que los poderosos, se hacían más grandes y los plebeyos comíamos sus migajas. Sin embargo, cuando la travesura ha salpicado a todos los estamentos, “papa” estado sale al rescate del escribano que impuso las reglas y el pueblo se tensa como una cuerda obsoleta, nos han acostumbrado a una sociedad de consumo global y ahora nos encontramos sin recursos, tenemos que continuar andando, pero sin agua, viajando, pero durmiendo en el duro suelo y desorientados porque no sabemos a donde vamos y quizás ni de donde venimos.
Si dos derechos fundamentales y recogidos en nuestra carta magna como el trabajo y la vivienda, se debilitan; entramos en una crisis de gran magnitud.
Y si además, nuestra capacidad de consumo se resquebraja, la crisis comienza a tener tintes paradigmáticos, porque nuestro interior está moldeado al gusto del publicista y no en la armonía del filósofo.
No existe peor tragedia, que mirar hacia el pasado y observar que la obra de tu vida es un castillo de arena, devorado por el oleaje.
Cuando tuvimos tiempo para meditar, nos faltaba la experiencia del trabajo y ahora que trabajamos, no tenemos tiempo de meditar.
Pero no existe en la geografía terrestre una especie más adaptable y moldeable que el ser humano, así que no nos preocupemos, porque vamos a tragar con lo que venga, aunque no sea el juego que quisimos y con el que soñamos cada noche arropados en la cama.